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Indicadores del potencial lesivo de los plaguicidas

por Redacción

Adalberto Mena Quintero

El empleo de plaguicidas en la producción de cosechas alimentarias e industriales representa un desafío ya que por su amplia diversidad estructural, toxicológica y funcional, estos productos pueden resultar perjudiciales a la ecología y el medio ambiente, dañando incluso organismos no objetivo de diferentes maneras y con distintos niveles de intensidad, dependiendo de las formas de uso, las características geográficas y los patrones climáticos del sitio de aplicación.

Debido a esta complejidad, y a las limitaciones de costo y de tiempo, de las mediciones analíticas, durante las dos últimas décadas se ha desarrollado una amplia variedad de indicadores de riesgo de plaguicidas. Los indicadores de riesgo de plaguicidas son modelos algebraicos que consideran las propiedades fisicoquímicas de los ingredientes activos (i.a.) de los plaguicidas y los factores de exposición, para generar un valor numérico que permite comparar productos y estrategias de control fitosanitario; con base en el impacto ambiental producido en un ecosistema agrícola determinado. No cuantifican el riesgo absoluto, sin embargo, son herramientas útiles que sirven de guía a los agricultores, a los profesionales técnicos encargados de la toma de decisiones en las parcelas, a los responsables políticos que intervienen en la reglamentación de la utilización de plaguicidas y a los investigadores, para comparar el efecto pernicioso de estos agroquímicos, tanto en los organismos no objetivo como en los distintos compartimentos ambientales, y sirven también para diseñar prácticas efectivas de control de plagas y enfermedades, con el menor impacto ambiental negativo, de acuerdo a la Food and Agriculture Organization (FAO, 2008). El Cociente de Impacto Ambiental (EIQ, por sus siglas en inglés: Environmetal Impact Quotient) es uno de los indicadores de riesgo de plaguicidas más usado en el mundo, debido a que ha demostrado un buen desempeño como herramienta para valorar los posibles efectos peligrosos de los plaguicidas sobre la salud humana y el medio ambiente, en una amplia variedad de cultivos, prácticas de cultivo y zonas agroecológicas.

Algunos plaguicidas han sido identificados como un peligro a largo plazo para el medio ambiente y están prohibidos o rigurosamente restringidos por convenios internacionales, como el Convenio de Estocolmo sobre los Contaminantes Orgánicos Persistentes (COP), que entró en vigor en mayo de 2004 y abarca 12 productos químicos, que incluye ocho plaguicidas y otros contaminados con dioxina. Las clasificaciones incluidas en ese documento tienen una utilidad para ayudar a las autoridades de los países en desarrollo a adoptar decisiones prácticas des­tinadas a mitigar el riesgo de los plaguicidas y a dar prioridad, en sus procedimientos regula­dores, a la revisión de plaguicidas problemáticos específicos. Particularmente, los COP, son contaminantes que no se disipan fácilmente y pueden permanecer en el medioambiente durante un tiempo prolongado. Dentro de ellos están, el Aldrín, Clordano, DDT, Dieldrín, Endrín, Heptacloro, Hexaclorobenceno, Mirex y Toxafeno, aunque el Comité de Examen de COP (POPRC, en inglés) recomendó la inclusión de otros plaguicidas: clordecona, lindano, alfa hexaclorociclohexano y beta hexaclorocicloexano. Estos contaminantes, por su característica de ser liposolubles, pueden acumularse progresivamente en la grasa de los animales vivos y rápidamente tener efectos fisiológicos de largo plazo.

Clasificación de plaguicidas con base en su grado de toxicidad

Los plaguicidas presentan múltiples clasificaciones en función de algunas de sus características principales, su toxicidad aguda, la vida media, su estructura química y su uso. En 1978, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estableció una clasificación basada en su peligrosidad o grado de toxicidad, definida ésta como la capacidad del plaguicida de producir un daño agudo a la salud a través de una o múltiples exposiciones, en un período de tiempo relativamente corto. Un plaguicida es ubicado en la clase más estricta cuando existen diferencias en los resultados de la toxicidad según vía de ingreso y cuando el ingrediente activo produce daños irreversibles a los órganos vitales, es altamente volátil, acumulativo en su efecto, o en observaciones directas se encuentra que es especialmente peligroso o significativamente alergénico para el hombre.

Según el tipo de organismo que se desee controlar y la etapa del ciclo de vida sobre la que actúan, se encuentran los insecticidas (larvicida, formicida, pulguicida), los garrapaticidas, nematicidas, molusquicidas, rodenticidas, ovicidas (columbicida), bacteriostático y bactericidas, fungicidas, herbicidas (defoliante, arbusticida). Una de las codificaciones encontradas con frecuencia en la literatura internacional es según el grupo o familia química de estas sustancias, clasificándose en Organoclorados (DDT, aldrín, etc.), Organofosforados (malatión), Carbamatos, Tiocarbamatos, Piretroides, derivados bipiridilos (diquat, paraquat, etc.), derivados del ácido fenoxiacético, derivados cloronitrofenólicos, derivados de las triazinas, compuestos orgánicos del estaño, compuestos inorgánicos y los compuestos de origen botánico.

Utilización de plaguicidas como medida preventiva o de eliminación

El uso de los plaguicidas es múltiple y variado. La agricultura es la actividad que más emplea este tipo de compuestos, consumiendo hasta el 85 % de la producción mundial, con el fin de mantener un control sobre las plagas que afectan los cultivos. Un 10 % de la producción total de los plaguicidas se emplea en salud pública para el control de las enfermedades transmitidas por vectores, como la malaria, dengue, enfermedad de Chagas, entre otras; control de roedores, etc.

La intensificación de la producción de alimentos conduce a menudo a un abuso de plaguicidas. Da lugar a nuevos brotes de plagas (reapariciones), selecciona poblaciones de plagas resistentes (insectos, bacterias y malas hierbas), aumenta los riesgos para la salud humana y el medio ambiente y plantea obstáculos al comercio (residuos). Los países reforman sus políticas para reducir estos problemas y garantizar paralelamente una producción de alimentos intensificada mediante la aplicación de alternativas a los plaguicidas. También se emplean en la ganadería y en el cuidado de animales de cría y domésticos; en el control de plagas de grandes estructuras como barcos, aviones, trenes, edificios y centros comerciales. Se aplican en áreas verdes ornamentales y de recreo como parques y jardines, para controlar la proliferación de insectos, hongos y el crecimiento de hierba y maleza. Con el mismo fin, se esparcen a lo largo de autopistas, vías férreas y torres con líneas de corriente de alta tensión.

En reservas naturales o artificiales de agua estos compuestos se emplean para prevenir el crecimiento de hierbas, algas, hongos y bacterias. En la industria se utilizan ampliamente en la fabricación de equipos eléctricos, neveras, pinturas, papel, cartón y materiales para embalaje de alimentos, entre otros, para evitar en estos productos el desarrollo de bacterias, hongos, algas, levaduras o que sean dañados por plagas de insectos y/o roedores. Su uso en el hogar está dado por la incorporación de estos en productos como cosméticos y champús para preservarlos del desarrollo de hongos y bacterias, en repelentes de insectos y también en productos destinados al cuidado de mascotas y plantas para atacar o prevenir infestaciones por insectos.

Factores que pueden intensificar el problemas de contaminación por plaguicidas

Dentro del manejo integrado de plagas y enfermedades, la utilización de plaguicidas puede ser aún una herramienta que resulta conveniente. Parte de los problemas ambientales asociados con el de plaguicidas en al agricultura es el hecho de que los agricultores no disponen de herramientas que les permita acceder a información sobre los riesgos potenciales al ambiente y la ecología.

La contaminación ambiental por plaguicidas está dada fundamentalmente por aplicaciones directas en los cultivos agrícolas, lavado inadecuado de tanques contenedores, filtraciones en los depósitos de almacenamiento y residuos descargados y dispuestos en el suelo, derrames accidentales, el uso inadecuado de los mismos por parte de la población, que frecuentemente son empleados para contener agua y alimentos en los hogares ante el desconocimiento de los efectos adversos que provocan en la salud. La unión de estos factores provoca su distribución en la naturaleza. Los restos de estos plaguicidas se dispersan en el ambiente y se convierten en contaminantes para los sistemas biótico (animales y plantas principalmente) y abiótico (suelo, aire y agua) amenazando su estabilidad y representando un peligro de salud pública. Factores como sus propiedades físicas y químicas, el clima, las condiciones geomorfológicas de los suelos y las condiciones hidrogeológicas y meteorológicas de las zonas, definen la ruta que siguen los mismos en el ambiente.

Los insecticidas suelen dispersarse en el aire para combatir los insectos voladores, aunque en ciertos casos los ingredientes activos de dichos productos sólo actúan después de depositarse en objetos fijos, como la vegetación, donde pueden entrar en contacto con los insectos.

ERA, sistema para evaluar riesgos al medio ambiente

En México, el aumento en la producción de frutas y hortalizas, durante las tres últimas décadas, ha favorecido el desarrollo de la agricultura empresarial, caracterizada por la producción de monocultivos especializados, en los que el uso intensivo de plaguicidas altamente tóxicos, obtenidos mediante procesos de síntesis química, es la forma dominante de combate de las plagas y los vectores de enfermedades que los afectan.

La creciente preocupación mundial, por los daños que el empleo excesivo de plaguicidas sintéticos está ocasionando en la salud humana, el medio ambiente, la biodiversidad y la seguridad alimentaria, ha provocado un rechazo generalizado hacia el control químico de plagas en la producción agrícola. Sin embargo, se estima que la restricción de la utilización de dichos agroquímicos tendría como consecuencia bajos rendimientos de los cultivos, encarecimiento y deficiencias en el suministro de alimentos para una población que va en aumento. En este contexto, la agricultura contemporánea se enfrenta al reto de intensificar la producción agrícola, y asegurar simultáneamente la protección del medio ambiente y la salud humana, con soluciones sustentables, en las que el uso seguro y racional de plaguicidas sintéticos pueden ser un factor clave contra la escasez de alimentos en el futuro.

A fin de poner a disposición de los agricultores una herramienta accesible para evaluar el riesgo ambiental, se desarrolló un sistema de evaluación de riesgo ambiental (ERA), con las siguientes características:

  1. Considera las características propias del plaguicida en cuanto a su riesgo a trabajadores de la finca, seres humanos externos a la finca, y organismos no destinatarios de la aplicación (organismos acuáticos, aves y artrópodos benéficos). Esta parte del ERA se basa en el Cociente de Impacto Ambiental (EIQ) desarrollado por la Universidad de Cornell.
  2. Toma en cuenta las características del sitio específico donde se realizará la aplicación, y algunas características de la aplicación propiamente dicha: textura del suelo, clima, tipo de aplicación, profundidad el manto acuífero, cercanía a centros de población y cercanía a fuentes de agua superficial.
  3. Con base en las características anteriores se calcula un índice de evaluación de riesgo ambiental (ERA), el cual se considera bajo si el índice es menor que 50, medio de 50 a menos de 80, y alto si es de 80 o más.

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